Instituto Gilberto Concepción de Gracia  

Gilberto Concepción de Gracia ante la independencia

Francisco A. Catalá Oliveras
Revista del Colegio de Abogados de Puerto Rico: Ley & foro
Diciembre de 2008

Gilberto Concepción de Gracia (1909-1968) fue un singular testigo de la transición de la sociedad rural y agrícola a la sociedad urbana e industrial. Conoció y combatió tanto la hipertrofia provocada por el monocultivo azucarero como la desproporción forjada en la fragua del incrementalismo industrial. De su visión crítica no se escaparon lo que hoy día algunos llamarían "efectos colaterales" de estas economías de enclave: dependencia del capital externo, creciente remisión de ganancias hacia el exterior, desempleo, desigualdad entre la compensación a los empleados y el rendimiento del capital, emigración masiva, deterioro en la calidad de vida, etc. Tal visión crítica se acompañó de su gestión a favor de la independencia de Puerto Rico.

GCG
Gilberto Concepción de Gracia

El agotamiento de la economía de Puerro Rico durante las tres últimas décadas, su creciente descomposición social, así como su cada vez más evidente asincronía respecto a la economía estadounidense y a la economía mundial, ha alte­rado radicalmente la percepción de los "efectos colaterales". Ahora éstos ocupan el lugar más prominente en los textos. Las altas tasas de crecimiento económico han desaparecido de la escena. Ya no pueden ser invocadas como racionalización o mistificación de un orden institucionalmente débil. La desnudez del maniquí en la vitrina ya no se puede ocul­tar, aunque aquí y allá no falten esfuerzos para disimularla.

Lo que don Gilberto advirtiera durante las décadas de 1950 y 1960 se ha intensificado a partir de la década de 1970. Persisten las altas tasas de desempleo con bajas tasas de participación laboral, revive la migración forzosa, se acentúa la dependencia, se descarrilan los planes de uso de terrenos para darle paso a la especulación de la tierra y al desarrollismo ciego, privan las concesiones onerosas de nuestras playas, aumenta la desigualdad, y la remisión de ganancias hacia el exterior llega a niveles inimaginables. Toda esta hipertrofia, con el mismo listado de variables, la resume Concepción de Gracia en un discurso transmitido por las ondas radiales el 1ro de enero de 1963.1 La única diferencia es que, aparte de la intensificación de los proble­mas citados, ya no está presente el crecimiento económico de entonces. En la agridulce industrialización ha terminado por prevalecer su componente agrio.

En dicho discurso don Gilberto hace dos advertencias lapidarias que explican en extraordinaria síntesis las razo­nes de fondo de la atrofia socioeconómica y política que padece nuestro país. La primera: "... el capital... no deberá ser nunca capital de explotación sino capital al servicio del bien común". La segunda: "... la soberanía no es para lucirla como una flor en el ojal sino para utilizarla en beneficio del pueblo".

Las palabras, sus significados, son extraordinariamente importantes. Nos comunican, expresan ideas, recogen vi­siones de mundo, albergan afectos, valores y se traducen en acción. El significado de algunas palabras es, en ocasiones, aviesamente tergiversado. En el discurso citado don Gil­berto se refiere a este fenómeno, al que llama "desnaturali­zación", en el contexto de los esfuerzos para "culminar" al Estado Libre Asociado. Señala, por ejemplo, que la "sobera­nía" se invoca a la misma vez que se niega. En su enumera­ción de palabras o conceptos desvirtuados también incluye "pacto", "constitución", "convención constituyente", "commonwealth" y "estado libre asociado".

En esta faena tergiversadora la palabra "independencia", corno opción política, se asoció con separatismo, aislamien­to y autarquía. Esto es bastante paradójico puesto que es difícil encontrar, ya desde el siglo 19, una visión más cos­mopolita que la del independentismo como, por ejemplo, la de Ramón Emeterio Betances y la de Eugenio María de Hostos. Esa es la tradición que sigue Gilberto Concepción de Gracia en el siglo 20. En el mismo discurso del año 1963 afirma: "Resulta anacrónico hoy decir que la independencia va a resultar en el aislamiento porque en nuestro tiempo la independencia es, precisamente, la llave de las relaciones y de la cooperación internacional".

Unos años antes, en el 1958, en su intervención en el Senado para comentar las conferencias dictadas por el doctor Carl Friedrich en la Universidad de Puerto Rico, se había referido al mismo asunto: "Una cosa es el nacio­nalismo exclusivo, el aislamiento nacional y otra cosa es el reconocimiento de la plena autonomía de los pueblos para gobernarse a sí mismos y para entrar en la vida de relación internacional a base del respeto mutuo de esos pueblos".2 Añade más adelante: "Cuando el mundo camina hacia la interdependencia, realidad que nosotros afirmamos, no lo hace para retroceder, lo hace para avanzar. Cuando el mun­do entra en la interdependencia, no lo hace para afirmar el poder de unos pueblos sobre otros pueblos, sino que lo hace para afirmar el derecho de todos a participar en creaciones de estructura, que puedan garantizar una vida de justicia y que puedan garantizar el principio de la libertad".3

El Dr. Friedrich, según Concepción de Gracia, atacó a la nación pequeña. El, por su parte, defendió las posibilida­des de las naciones pequeñas apoyándose en la Apología de la Pequeña Nación de Mariano Picón Salas.4 Transcurrían los años en que el mundo estaba dominado por la ideología de la gran escala. Su política giraba torpemente en torno a la llamada guerra fría de la bipolaridad, con Estados Unidos encabezando un extremo y la ya desaparecida Unión Sovié­tica, el otro. Ante la presencia apabulladora de las grandes potencias los países de tamaño modesto se conceptualizaban como unidades política y eco­nómicamente subóptimas. En un influyente estudio de Alfred Cobban, publicado en el año 1945, se ridiculizó la noción de la independencia de Islandia y de Malta.5 La historia ha de­mostrado el error de Cobban.

Los opositores a la inde­pendencia esgrimieron argu­mentos similares a los de Friedrich y Cobban durante las vistas públicas de la notoria Comisión de Status de media­dos de la década de 1960.6 El doctor Concepción de Gracia, por su parte, insistía en la conquista de la soberanía como condición necesaria para insertarse en la creciente interdependencia económica en función de los intereses de Puerto Rico. La historia ha demostrado el acierto de don Gilberto.

Desde la Segunda Guerra Mundial, sobre todo a partir de la última década del siglo 20, se han removido progre­sivamente las restricciones al comercio internacional. Esto se ha realizado bajo el palio de numerosas negociaciones y organismos en múltiples instancias: bilaterales, regionales, plurilaterales y multilaterales. El intercambio ysu corolario, la interdependencia, han aumentado significativamente. A todo esto ha contribuido el avance en la tecnología de la comunicación y del transporte. Hasta el mismo siglo 20 la distancia (es decir, el espacio y el tiempo) constituyó una barrera formidable de protección.

Por otro lado, las nuevas tecnologías utilizadas en las actividades de producción han permitido reducir el umbral del tamaño subóptimo o punto de cierre de las unidades empresariales. Se han desarrollado sistemas flexibles de pro­ducción que multiplican la variedad de bienes producidos a partir de una determinada base de recursos. Así se logran economías de alcance: reduc­ción de costos en función de la diversidad del perfil de pro­ducción.

La dinámica en ambas dimensiones, la institucional y la tecnológica, ha alterado la concepción del tamaño de los países. La vieja lista de restricciones con que se aso­ciaba a los países pequeños, como la carencia de una base amplia de recursos naturales, la modestia del mercado lo­cal, las pocas posibilidades de sustitución de importaciones, la limitada capacidad para ge­nerar economías de escala, la dependencia de pocos mer­cados externos, el peso insig­nificante en la determinación de los precios de los bienes que se exportan e importan, la tendencia hacia estructuras de mercado monopólicas u oligopólicas, los altos costos de transportación y la dependencia de fuentes externas de financiamiento, ha perdido vigencia. Ahora se destacan sus posibilidades en función de la agilidad institucional, de la generación de economía de alcance, de la articulación de redes comerciales y de la reducción de los costos de la hete­rogeneidad y de los costos de transacción.

Durante la segunda mitad del siglo 20 coincidieron dos fenómenos centrales: la fusión económica, o articulación de redes de intercambio comercial, y la fisión política, o proli­feración de estados nacionales. La conjunción de estos dos procesos, en los que se realza a la misma vez: lo global y lo nacional, ha provocado el señalamiento de que la famosa expresión de Marshall McLuhan, "aldea global", debe susti­tuirse por la de "globo de aldeas".

A esto se refiere el actual presidente del Partido Independentista Puertorriqueño, Rubén Berríos Martínez, en su ensayo del año 2004 Un mapa para la ruta cuando subraya el hecho de que "la interdependencia económica del mun­do moderno promueve la independencia política".7 Apunta Berríos Martínez: "La apertura e integración de los merca­dos ha logrado que las economías de escala, anteriormente exclusiva de los países grandes, ahora estén accesibles a los más pequeños. Más aún, los países pequeños compiten con la gran ventaja de estar libres de los costos económicos de la diversidad y la complejidad, problema insalvable para los países grandes".8 El presidente del PIP avala esto con un importante estudio teórico y empírico, The Size of Nation, de Alesina y Spoloare, profesores de las universidades de Harvard y Brown, publicado en el año 2003.9

Quizás todavía se escucha el eco de la voz de Gilberto Concepción de Gracia en el Capitolio cuando acusaba la ignominia y el atraso que significa el sistema colonial: "El sistema colonial es el aislamiento. El sistema de naciones libres es la oportunidad de colaboración, es la oportunidad de laborar unidos los pueblos sobre bases de igualdad. El sistema de naciones libres es la integración de todo el mun­do. Es la convivencia universal sobre bases de recíprocos, de mutuos, de iguales derechos. Estamos rezagados . . ."10

Esto lo dijo don Gilberto en el Senado de Puerto Rico en el año 1954. Ha transcurrido más de medio siglo y toda­vía estamos rezagados. Pero lo que él entonces veía es más fácil de percibir ahora. El mundo ha cambiado y las contra­dicciones del orden colonial se han agudizado.

Ya no nos encontramos en el mundo bipolar en el que sus coordenadas políticas eran dictadas por la Guerra Fría. Tampoco es un mundo económicamente unipolar o bipo­lar. Se han multiplicado los polos de desarrollo. Y no se trata sólo de los países que componen la Unión Europea o de Japón o de China. Se trata de innumerables países pequeños que nos han dejado a la zaga.

El mundo es una compleja red de espacios jurisdiccio­nales. En estos momentos, aparte de los tratados multila­terales, hay alrededor de trescientos tratados regionales y bilaterales en vigor.11 La independencia se concibe para el control del espacio interno y para la inserción en el espacio externo, lo que algunos denominan "espacio multidimensional" o interdependencia. Esta interdependencia no des­dibuja sino que fortalece a la unidad política nacional. Ya el tamaño no se concibe como restricción; lo que cuenta es el carácter y el dinamismo del andamiaje institucional.

Mientras tanto, el orden colonial de Puerto Rico se derrumba. Perdió la exclusividad de acceso al mercado de Estados Unidos y perdió el trato fiscal particular que éste le dispensaba a las ganancias repatriadas provenientes de sus "corporaciones de posesiones". La reducción generalizada de las tarifas arancelarias y los tratados comerciales se han ocupado de lo primero; la derogación de la Sección 936 se ocupó de lo segundo. El agotamiento económico, como ya se señalara, se hizo patente desde hace más de tres décadas. Durante los primeros ocho años del siglo 21 el agotamien­to se ha traducido en franca contracción. La economía de Puerto Rico ha estado creciendo, cuando crece, a una tasa anual inferior a la que corresponde a la economía global, a la de América Latina como conjunto y a la de Estados Uni­dos. Cuando nos desplazamos del crecimiento al desarrollo, que supone no únicamente más bienes sino también menos males (como la contaminación ambiental, el desparramamiento urbano, la desigualdad, el desempleo, la dependen­cia, la migración forzosa y la incidencia criminal) se torna más evidente el desmoronamiento que nos rodea.

Nada de esto se debe a fenómenos coyunturales de ca­rácter pasajero. Se debe al creciente desfase entre el orden colonial y la dinámica institucional mundial. Lo que Gil­berto Concepción de Gracia anticipó ya está aquí: las con­diciones objetivas, el flujo de las corrientes, son favorables a la independencia. Falta que el pueblo de Puerto Rico reme en la dirección correcta.

Gilberto Concepción de Gracia fue testigo crítico de tres rutas que recorrió Puerto Rico durante el siglo 20. La primera fue la de la amarga azúcar, la del monocultivo ex­plotador y empobrecedor, la de las corporaciones absentistas con un rendimiento de capital en exceso de un 20 por ciento que se tradujo en un enorme flujo de ganancias remitidas al exterior. De esa ruta nos queda el bagazo. En estos momentos, cuando la producción de alimentos a nivel mundial confronta dificultades que se han traducido en au­mento generalizado en sus precios, la industria avícola y la industria lechera de nuestro país parecen iniciar un proceso agónico. Otros sectores, como el café, la carne y los farináceos, no están en mejor estado.

La segunda ruta la trazó la industrialización o, más bien, el establecimiento de un enclave industrial. Con éste se modernizó al país a la misma vez que se propició una emigración forzosa sin precedentes. Nunca se articularon los eslabonamientos para movilizar recursos nacionales. Todo se centró en la exención fiscal y en una descomunal remisión de ganancias hacia el exterior que hace palidecer la que protagonizaran las corporaciones azucareras. En es­tos momentos, como es común tarde o temprano en todo enclave, la manufactura está acusando, con el cierre de fá­bricas y la pérdida de empleos, señales críticas. El sector farmacéutico, que representa más del 60 por ciento del total de la producción manufacturera, enfrenta un futuro incier­to ante su rearticulación mundial y ante el vencimiento de numerosas patentes.

La tercera ruta es la de la dependencia que está vin­culada íntimamente a la insuficiencia de las otras dos. Su dimensión más perversa es la psicológica y la política. Con los fondos federales se pavonean impúdicamente los polí­ticos coloniales de ambos colores. En estos momentos, tal conducta es aún peor que en la época de don Gilberto. Por cierto, no suele destacarse que la mayor parte de las trans­ferencias que reciben los individuos, como el seguro social, son devengadas, mediante una cotización o contribución.

Concepción de Gracia se enfrentó, desde la tribuna política y desde la trinchera legislativa, a los que trazaron tales rutas. De su hoja de servicio resaltan numerosas propuestas y proyectos: rearticulación de la reforma agraria junto a un plan de rehabilitación agrícola, replanteamiento de la polí­tica industrial en función de la complementariedad entre el capital externo e interno, promoción de una industria de procesamiento de alimentos, multiplicación de vínculos comerciales externos, participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas, desarrollo del movimiento obrero organizado, representación del trabajo organizado en todos los organismos gubernamentales, promoción de cooperativas, reivindicaciones para las mujeres trabajadoras, ampliación de las compensaciones por accidentes del traba­jo, concepción del carácter social y universal de los servicios de salud y defensa del consumidor, entre otros. Le servía de guía su vocación anticolonial.

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  1. Gilberto Concepción de Gracia. (1963), Discurso de Año Nuevo por la. estación WIAC, Centro de Investigaciones Históricas, Colección Gilberto Concepción de Gracia (Caja 12, Cartapacio 2, Numero 6),
  2. Gilberto Concepción de Gracia (2007), En nombre de la verdad, Pablo M. Ortiz Ramos (ed.), Instituto Gilberto Concepción de Gracia, pág. 494.
  3. Ibid, pág. 495.
  4. Ibid, pág. 498.
  5. Godfrey Bildacchino y David Milne (eds.) (2000), Lessons from The Political
    Economy of Small Islands  St. Martin Press, New York, pág. 60.
  6. United States - Puerto Rico Commission On The Status of Puerto Rico
    (1965), Public Hearings on Economic Matters.
  7. Rubén Berríos Martínez (2004), Un mapa para la ruta, Partido Independentista Puertorriqueño, San Juan, pág. 12.
  8. Ibid, pág.
  9. Alberto Alevina y Enrico Spoloare (2003) The Size of Natíons, The MIT Press, Cambridge.
  10. Gilberto Concepción de Gracia (2007), op. cit., pág. 70.
  11. The World Bank (205), Global Economic Prospects: Trade, Regionalism, and
    development, Washington D.C., pág. 28.

 

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