Instituto Gilberto Concepción de Gracia  

Homenaje a José Martí

Discurso Pronunciado por Gilberto Concepción de Garacia
28 de enero de 1953
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El centenario de José Martí coincide con una crisis profunda del espíritu en la América, que el Apóstol sirvió con entrañado amor; en todo el mundo, cuyos destinos finales tanto le preocuparon. La hora es propicia, pues, no para vanas loas de ocasión, ni retóricas exaltaciones de sus merecimientos, ni elocuentes panegíricos de sus virtudes preclaras, ni vocingleras peroraciones en torno de su gesta heroica, ni cálidos elogios de su vida de apóstol y de mártir, sino para una profunda reflexión sobre el destino de nuestros pueblos, sobre el porvenir de la grande patria americana, sobre los imperativos de lucha que el pensamiento martiano impone a los hombres de conciencia de nuestra América.

Gilberto Concepción de Gracia en un
emocionante y enérgico momento de su discurso

La memoria de José Martí no puede honrarse con meras palabras. "Las palabras deshonran —dijo Martí— cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están de más cuando no fundan, cuando no esclarecen." A Martí hay que honrarlo con hechos, con militancia cívica, con ardiente devoción a su doctrina de libertad.

A Martí hay que acercarse con humildad, con la profunda humildad que sobrecoge al espíritu cuando se enfrenta con la imagen, la obra o el recuerdo de los santos, de los mártires, de los que hicieron sacrificio total de sus vidas en aras de un ideal.

A Martí hay que acercarse con reverencia, con la devota reverencia a que sólo son acreedores los grandes entre los grandes, los de la visión esclarecida, los que con la magia de su pensamiento o con su ejemplo magnífico señalaron a los pueblos nuevas trayectorias.

A Martí hay que acercarse con espíritu de contrición, con la sincera y limpia contrición del que sabe que los pueblos de América han violado sus doctrinas, y olvidado sus admoniciones, y abandonado las claras rutas de sus trayectorias cívicas, y menospreciado las esencias de su mensaje de excepción, y comprometido el porvenir con torpes componendas de ocasión.

A Martí hay que acercarse con ánimo de servir a su causa. Aquél para quien la Patria fue siempre "agonía y deber", no reclama homenajes, pero sí dedicación, honrada y ardorosa dedicación de alma a sus grandes ideales de liberación humana.

No profanen, pues, la memoria del Apóstol sin mácula los que no traigan las manos limpias, ni los que perdieron las luces del verdadero camino, ni los que enmarañaron su pensamiento con falsas lucubraciones, ni los que supeditaron la causa sagrada a los intereses mezquinos de la vanidad y el egoísmo, ni los que renunciaron a las tareas ímprobas para cosechar los triunfos fáciles. No profanen la noble y austera memoria del Apóstol los que hayan rendido su ideal, los que se hayan apartado de su doctrina, los que hayan repudiado sus verdades, los que hayan tomado los cómodos atajos del coloniaje por consentimiento, más vergonzoso aún que el coloniaje impuesto por la fuerza.

Martí no es tema para justa literaria, ni fantaseo de la retórica, ni para solemnidad tribunicia, ni externa celebración. Martí es tema para monólogo íntimo de la conciencia, para reflexión de alma a alma, para diálogo de corazón a corazón, para entendimiento de hombre a hombre y de pueblo a pueblo, en el plano alto en que se fijan las responsabilidades de la conducta y se plantea el problema de la libertad del ser humano.

Por eso es que de José Martí sólo puede hablarse en el idioma sencillo y claro de la dignidad. Eso era él: la dignidad hecha hombre, el hombre en vigilante afirmación del derecho individual y colectivo, viva conciencia de alerta ciudadanía.

Vedle allí, en la Antilla irredenta, templando el espíritu para la gesta inacabable. Trae misión que trasciende los linderos de las riberas patrias. Pero la simiente ha de fecundarse en la negra tierra del lar nativo. El lacerante dolor del suelo patrio le permitirá sentir y entender mejor la trágica agonía del resto de su América. Cuba esclavizada es solar propicio para la germinación magnífica.

El destino le depara hogar humilde y pan escaso: buena forja para el carácter de quien ha de luchar contra todas estrecheces y todas las adversidades. En plena adolescencia, una ansiedad arraigada en su corazón: la de libertar a su patria; y una inquietud se afinca en su espíritu: la inquietud del saber, del saber hondo, la inquietud por los valores eternos de la cultura. Esa ansiedad y esa inquietud prenden y se fortalecen en su ánimo bajo la mano amorosa de su maestro Rafael María de Mendive. Ambas disipan la tiniebla, afirman la vocación, aclaran el destino, iluminan el derrotero. Un canto a la independencia brota, espontáneo, del corazón de Martí. Las autoridades le apresan. Cárcel, trabajos forzados, grillete y exilio terminan la iniciación del elegido. Ya está listo para la grande empresa. En su palabra cálida ya se adivina el acento rotundo del apóstol. En su mirada profunda ya se anticipa el martirologio.

documento
Porción del record legislativo correspondiente al 28 de enero de 1953
en donde aparece el discurso de don Gilberto.

La orden de destierro lleva a Martí a España. Allí aprueba el grado de licenciado en filosofía y letras y se doctora en leyes. Pero hace algo más: se reconcilia con España, no con la España ocasional de los malos gobiernos en la península y en ultramar, sino con la España eterna que a través de las centurias afianza con macho heroísmo los valores supremos de la libertad. Con buen juicio apunta el gran escritor mejicano, Mauricio Magdaleno: "La estancia en España era indispensable a Martí para integrar el cuerpo de su misión. Sin sus años de Madrid y de Zaragoza, su obra habría adolecido de una laguna fundamental. Para los fines de aquélla pudo habérsela pasado sin París: sin España, no. En España aprendió la unidad de una empresa común al Nuevo Mundo y a la propia España".

De la nación progenitura pasa a México. Apunta el mismo escritor que "la pasión de América es al contacto de México que se produce en su inteligencia". De allí va a Guatemala y luego a Estados Unidos, donde su pensamiento político cobra "su jugosa madurez, que no es el resultado de libros, sino de una vigilante preocupación por el destino de América”. Más tarde va a Venezuela. Era indispensable una meditación sobre el destino de América frente a la estatua de Simón Bolívar: "Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero sólo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo". En efecto, Martí habría de continuar la obra bolivariana en el punto en que el Libertador la dejó inconclusa.

Así, con cabal conocimiento de la situación de las Antillas, del hondo drama de la América indoespañola y de los excesos imperialistas de Estados Unidos, el Apóstol forja su doctrina emancipadora de todo el continente. Martí no es meramente el apóstol de la independencia de Cuba. Le preocupa por igual la independencia de Puerto Rico y la suerte de Santo Domingo. Como Federico Henríquez y Carvajal, como Betances, como Baldorioty, como Hostos, como de Diego, concibe el destino común de las Antillas y consigna el imperativo de su solidaridad en una expresión que conserva la historia: "Las Antillas juntas han de salvarse, o juntas han de perecer". Y anticipándose, con profética visión a un futuro todavía lejano, proclama un día: "Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo".

Y del concepto antillano pasa de inmediato a la visión continental. Es el sucesor lógico de Bolívar. Como aquél, tiene la esclarecida antevisión de la anfictionía americana. Por eso escribe con juicio certero un fervoroso estudiante de su obra: "Para Martí, la independencia de Cuba era un capítulo —fundamental porque de él dependía el resto de la obra— de un vasto plan continental concebido de acuerdo con una doctrina de integración de América... Los sueños que quedaron truncos, a la muerte de Bolívar, él los recoge, los reorganiza y les da contenido nuevo, conforme a las necesidades de la época".

Al logro de su ideario de integración continental Martí consagra todas las fuerzas de su espíritu. La tarea inmediata es la emancipación de Cuba. Funda el Partido Revolucionario Cubano, y a su estructura adscribe la "Sección Puerto Rico", con el categórico postulado de luchar al propio tiempo por la independencia de nuestro pueblo. El artículo 1ro. de las bases del Partido Revolucionario Cubano lee así: "El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico". Él traería la guerra libertadora a Cuba y Puerto Rico. A ese efecto, traza planes, despierta conciencias, une voluntades, hace arengas, escribe proclamas, levanta recursos económicos, recluta hombres y jefes, reconcilia criterios. En el breve término de unas semanas visita México, Cuba, Santo Domingo y numerosas ciudades de Estados Unidos en demanda de apoyo. No se le escapa un detalle. Es prodigioso su espíritu de organización. A todos transmite el milagro de su fe. En todos despierta ansias de lucha. Nada le detiene en su tarea afanosa: ni la ímproba labor, ni las vigilias fatigantes, ni siquiera el dolor físico que le roe las entrañas.

Logra que Máximo Gómez acepte la jefatura del Ejército Libertador. Consigue que Antonio Maceo preste al movimiento el prestigio de su nombre y la fuerza de su brazo. Obtiene el concurso valioso del general Rius Rivera, puertorriqueño de brava espada y genial visión, que ya había peleado con ardor y patriótico celo durante la guerra de los diez años. La revolución está en marcha. Con Máximo Gómez, Martí llega a Cuba el 11 de abril de 1895. El 18 de mayo está en el Campamento de Dos Ríos. Allí escribe su última carta a un amigo de México, diciéndole: "...ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber".

Presiente el sacrificio pero no lo rehuye. Ya ha dicho que, para él, la patria no será nunca triunfo, sino "agonía y deber". Al día siguiente —19 de mayo de 1895— balas enemigas concluyen su vida terrena. Por la vía del martirologio, Martí gana la puerta de la inmortalidad.

En el pensamiento martiano no hay desperdicio. Habló la verdad. Por eso, su palabra fue de entonces, y es de ahora, y será de mañana. La verdad es una a través de los tiempos. Lo que dijo el Apóstol en sus años de afanosa lucha tiene plena validez en nuestros días. En su doctrina, valedera tanto ayer como hoy, tienen nuestros pueblos su más segura norma de orientación. Espiguemos algunos conceptos: 1.- Fe en la propia tierra: "Los que no tienen fe en su propia tierra, son hombres de siete meses"; 2.- Esfuerzo creador: "...con las orejas caídas y los belfos al pesebre no se fundan pueblos"; 3.- La verdad: "La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen"; 4.- Defensas del pueblo: "Los pueblos han de tener una picota para quién les azuza a odios inútiles y otra para quien no les dice a tiempo la verdad"; 5.- La patria: "La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella"; 6.- Política fundamental: "No quiere a su pueblo el que le ahoga la capacidad. No quiere a su pueblo el que se empeña en detenerlo en pleno mundo, a la hora en que los pueblos émulos y semejantes le toman ya la delantera. No quiere a su pueblo el que le ve piafar fuerte para el trabajo propio y útil, en los dinteles de la libertad y de la vida ...y castra a su pueblo y pone a la diligencia de Jaén su pueblo castrado!"; 7.- Falsedad de la Autonomía: "La independencia que se anhela para fundir en el trabajo victorioso de la creación del pueblo nuevo los factores que pueden debilitarlo o rendirlo al extraño si se afloja no divorcian, jamás podrá ser la continuación de la obra tortuosa, indecisa, descorazonada y falsa de la autonomía. No es la caja sólo lo que hay que defender, ni es la patria una cuenta corriente, ni con poner en paz el débito o el crédito, o con capitanear de palaciegos unas cuantas docenas de criollos, se acalla el ansia de conquistar un régimen de dignidad y de justicia, en que en el palacio del derecho, sin empujar de atrás ni de adelante, sean capitanes todos", 8.- Al servicio de la Patria: "Un pueblo no es un banquete, puesto a toda hora para nuestro gozo, con sus entremeses de fuegos artificiales, sino una masa de esperanzas y dolores, de vileza que se ha de sujetar y de virtud que se ha de defender, de ignorancia apasionada y luces e instintos que la salvan y dirigen, de hombres a quienes se ha de querer y servir como sirve el médico al enfermo que le muerde las manos. Al servicio de la patria se sale desnudo, a que el viento se lleve las carnes y las fieras se beban el hueso y no quede de la inmolación voluntaria más que la luz que guía y alienta a sus propios asesinos. La patria no es comodín que se abre y cierra a nuestra voluntad; ni la república es un nuevo modo de mantener sobre el pavés, a buena cama y mesa, a los perezosos y soberbios que, en la ruindad de su egoísmo, se creen carga natural y señores ineludibles de su pueblo inferior. La patria, en Cuba y Puerto Rico, es la voluntad viril de un pueblo dispuesto al triunfo de su emancipación, a un triunfo indudable por el arranque único y potente de la libertad...".

Sufrió prisión y destierro por llamar apóstata —en carta suscrita por él y su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez— a un compañero que se había alistado como oficial en las tropas de España. Cuenta uno de sus biógrafos, Rafael Estenger, este importante episodio de su vida así: Decía la carta: "Compañero: ¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un alumno del señor Rafael María de Mendive no ha de dejar sin contestación esta carta". Y a continuación los dos firmaron y pusieron las fechas de ese día.

La carta era breve; breve y enérgica; como una bofetada. Decirle a un condiscípulo apóstata es muy duro; pero verdaderamente horrible es ser apóstata. El apóstata abjura de sus creencias y pasa al enemigo; vende su alma, y el derecho de obrar y hablar según las propias convicciones, por un beneficio material cualquiera.

Los que entonces gobernaban en Cuba, para tener siempre un pretexto legal con qué perseguir a los cubanos inconformes, habían inventado un delito con terrible pena: la infidencia, y hasta por sospechoso de infidencia se guardaba a muchos en las cárceles. Era una ley injusta, para impedir que los cubanos se dieran gobierno propio y señalaran con el dedo a los malos gobernantes. Contra esas leyes injustas peleaba Céspedes en Bayamo, y Mendive y Martí peleaban también, con sus versos altivos, que es otro modo de luchar, decir en prosa o en verso las verdades.

Su sacrificio no es por Cuba solamente, sino por toda la América. La esfera de su apostolado alcanza por igual a las tres Antillas y a todos los pueblos del mundo indoespañol. "Si caigo —dijo en carta a Federico Henríquez y Carvajal— será también por la independencia de su patria. Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino". Efectivamente, Martí cae por la causa de la independencia de América, mejor dicho, no cae, sino que se yergue, transfigurado por el aletazo liberalizador de la muerte, para continuar, ahora desde planos superiores, sin sujeción al dolor físico ni a contingencias terrenas, la gesta magnífica de la emancipación de Cuba, de Puerto Rico, de toda la América.

Sobre la necesidad y la significación de la independencia de Cuba y de Puerto Rico hay una página magistral de José Martí, que merece lectura sosegada en esta solemnidad:

"Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos. Es necesario tener el valor de la grandeza; y estar a sus deberes. De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón. Y ya se sabe del que salió con la banderuca a avisar que le tuviesen miedo a la locomotora, —que la locomotora llegó, y el de la banderuca se quedó resoplando por el camino: o hecho pulpa, si se le puso en frente. Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante.— No son meramente dos islas floridas, de elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de sus factores presentes, menos apartados que los de las sociedades rencorosas y hambrientas europeas, asegure, frente a la codicia posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y que la historia abre a la libertad en el instante en que los continentes se preparan, por la tierra abierta, a la entrevista y al abrazo. En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana; y si libres —y dignos de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio, —por desdicha, feudal y a, y repartido en secciones hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

"No a mano ligera, sino como con conciencia de siglos, se ha de componer la vida nueva de las Antillas redimidas. Con augusto temor se ha de entrar en esa grande responsabilidad humana. Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar. ¡Cuan pequeño todo, cuan pequeños los comadrazgos de aldea, y los alfilerazos de la vanidad femenil, y la nula intriga de acusar de demagogia, y de lisonja a la muchedumbre, esta obra de previsión continental, ante la verdadera grandeza de asegurar, con la dicha que los hombres laboriosos en la independencia de su pueblo, la amistad entre las secciones adversas de un continente, y evitar, con la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición! Sabremos hacer escalera hasta la altura con la inmundicia de la vida. Con la mirada en lo alto, amasaremos, a sangre sana, a nuestra propia sangre, esta vida de los pueblos, hecha de la gloria de la virtud, de la rabia de los privilegios caídos, del exceso de las aspiraciones justas. La responsabilidad del fin dará asiento al pueblo cubano para recabar la libertad sin odio, y dirigir sus ímpetus con la moderación. Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos. Ella, la santa patria, impone singular reflexión; y su servicio, en hora tan gloriosa y difícil, llena de dignidad y majestad. Este deber insigne, con fuerza de corazón, nos fortalece, como perenne astro nos guía, y como luz de permanente aviso saldrá de nuestras tumbas. Con reverencia singular se ha de poner mano en problema de tanto alcance, y honor tanto. Con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es sólo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes." Así hablaba José Martí sobre la significación de la independencia de Cuba y Puerto Rico el 17 de abril de 1894, un año antes de su muerte.

¿Cómo juzga la posteridad el pensamiento y la obra de Martí? Anotemos algunos juicios.

"Martí está hecho de 'ala' y también de 'raíz', para aludir a sus palabras", dice Jorge Mañach.

Alfonso Reyes se expresa así: "La lengua española alcanza aquí nuevas conquistas. Martí es una de las naturalezas literarias más dotadas de América. Pero gran parte de su obra y su vida misma fueron sacrificadas a su apostolado de libertad. Su arte es un arte de relámpagos; cada relámpago revela y esconde inexplorados paisajes, hijo del dolor, no perdió nunca la sonrisa.  Era bravo como león y no se avergonzó de sus lágrimas."

Juan Marinello le tributa este homenaje: "Capitán de política y de literatura, lo recuerda México, lo recuerda América, como el mejor impulso echado a andar por el bien de los hombres americanos, por su justicia y por su ennoblecimiento. Y cada vez que América, como en la ocasión de ahora, se encuentra 'en el pórtico de un gran deber', frente a la posibilidad de realizar la existencia que Martí quiso, mirará hacia él, y cuando no le lleguen sus palabras, le llegará su ánimo de combatiente sin fronteras ni tiempo, de espíritu libertador que mide y siente su misión con el oído en la tierra, para conocerle el secreto cercano y darle oído oportuno, para adivinar también los rumores recónditos que pedirán mañana la rectoría del mundo, que él solo soñó al organizar las realidades de su tiempo."

El mexicano Andrés Iduarte afirma que "Martí ennobleció el oficio de hombre", y el español Juan Larrea de este modo: "Clarísimamente sintió Martí que si el Nuevo Mundo había de ser digno del hombre, tenía que fundarse en el enaltecimiento de los valores positivamente humanos que la irracionalidad ignora. El odio, la violencia agresiva, los apetitos inmediatos, los instintos de dominio, la deshumanización de las clases sólo pueden dar de sí un efímero mundo elemental y una cultura a su imagen y semejanza. Sobre la animalidad, erigida en símbolo y tallado en lúcida sustancia moral, hacia un mundo libre, cabalga entonces el héroe; sobre caballo blanco, que ungirá su propia sangre. Porque el bien en su sentido justo, la vida encumbrada a su natural potencia, principia más allá del individuo y de toda razón fraccionaria. Cuando perece el cuerpo individualista de Occidente, suena por eso, aquí en América, donde toda ciencia llevará a conciencia, la hora universal de Martí. Mejor: el Nuevo Mundo entra en el uso de su razón, que es corazón. Las virtudes con que Martí nos alumbra en esta calcinada noche del hombre son, como las de su vida, específicamente poéticas. Ambas, su palabra y su acción, tendieron a la creación del Nuevo Mundo que hoy nos toca a los vivos construir cordial, consciente, religiosamente. Quien llamó padre a Bolívar e hijo a Rubén nos dejó dicho: "la poesía es la religión definitiva y la poesía de la libertad el culto nuevo".

"América es un deslumbramiento en el espíritu de Martí", asegura su compatriota Félix Lizado. "Y de esa impresión profunda de un continente lleno de jugos vitales propios, se impregna su pensamiento. Por eso se alza desde el primer momento a predicar el advenimiento de un mundo americano original, que no sea reflejo ni copia del decadente mundo europeo, sino luz y síntesis de las poderosas fuerzas naturales que atesora."

"Creía —dice Mauricio Magdaleno— en los poderes del sacrificios personal; en las fuerzas de la fe, que mueven los mundos; en el perfeccionamiento de la especie por el dolor; en la exclusividad constructiva del amor; en la eterna necesidad de libertad; en Cuba y en América."

De Martí puede decirse —y más— lo que él dijera sobre Cecilio Acosta, el gran venezolano, apóstol de la libertad y la democracia en su pueblo y en todo el continente:

"Este fue el hombre, en junto. Postvió y previo. Amó, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vio por sí mismo. Señaló nuevos rumbos. Le sedujo lo bello; le enamoró lo perfecto; se consagró a lo útil. Habló con singular maestría, gracia y decoro; pensó con singular viveza, fuerza y justicia. Sirvió a la tierra y amó al Cielo. Quiso a los hombres, y a su honra. Se hermanó con los pueblos y se hizo amar de ellos. Supo ciencias y letras, gracias y artes. Tuvo durante su vida a su servicio una gran fuerza, que es la de los niños: su candor supremo; y la indignación, otra gran fuerza. En suma: de pie en su época, vivió en ella, en las que le antecedieron y en las que han de sucederle. Abrió vías, que habrán de seguirse; profeta nuevo, anunció la fuerza por la virtud y la redención por el trabajo. Su pluma siempre verde, como la de un ave del Paraíso, tenía reflejos de cielo y punta blanda. Si hubiera vestido manto romano, no se hubiese extrañado. Pudo pasearse, como quien pasea con lo propio, con túnica de apóstol. Los que le vieron en vida, le veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen.  Su patria debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. ¡Y cuando él alzó el vuelo tenía limpia las alas!"

Yo he visitado en La Habana, la vieja y pobre casa de la calle da Paula, del barrio de San Isidro, donde nació el Apóstol. La recorrí con unción religiosa. En uno de los cuartos se exhibían algunos de sus raros autógrafos.

Allí estaba, en sitio de honor, un libro abierto en la primera página, dedicada al noble puertorriqueño independentista Sotero Figueroa. La dedicación reza así: "A Sotero Figueroa, puertorriqueño de alma americana. De su José Martí".

Varías veces, en sus artículos, el Maestro hace mención de Sotero Figueroa, dedicándole siempre cariñosos y entusiastas elogios. También menciona reiteradas veces, con cariño y admiración, al patricio puertorriqueño desaparecido don Antonio Vélez Alvarado, creador de la bandera puertorriqueña, la bandera de la estrella solitaria, la bandera que queremos ver flotar libre y sola sobre nuestros torreones, como libre y sola flota sobre nuestro corazón. A Vélez Alvarado se quiere injustamente privar de la legítima gloria que le corresponde como padre de nuestra sagrada enseña.

Otros puertorriqueños son también mencionados por el Apóstol, con amor y calor. Entre ellos, don Eugenio María de Hostos, el Dr. Ramón Emeterio Betances y don Ramón Baldorioty de Castro. A estos tres Martí le da categoría de fundadores.

Relacionado con nuestro compatriota ilustre, Dr. Manuel Zeno Gandía, se narra la siguiente anécdota:

"Una tarde, en la cuesta de Atocha, Martí saluda a Manuel Fraga, quien le dice a su acompañante, el puertorriqueño Zeno Gandía:

Voy a presentarte a un compatriota que acaba de llegar de Madrid para matricularse en la Escuela de Leyes.

Martí hace ademán de extender la mano y se detiene bruscamente.

— ¡Un momento! -explica — Usted no me conoce y es preciso que sepa antes si un hombre ultrajado que no vengó todavía las injurias, puede estrechar su mano.

Y suavemente empuja a los criollos hacia un portal de escasa luz, donde les muestra la espalda desnuda. Una cicatriz, oblicua la cruzaba, huella ulcerada de horrendo latigazo.

Al oír los relatos del presidio, dramáticamente Zeno Gandía le estrechó contra el corazón."

En casa de Vélez Alvarado, Martí escuchó a una venerable compatriota nuestra tocar La Borinqueña, el himno inolvidable. Allí se cobijó bajo los pabellones de Yara y de Lares. Allí sueña con la libertad de Cuba y Puerto Rico.

Al fundar el Partido Revolucionario Cubano, Martí no sólo une el destino de las dos Antillas en la suprema aspiración de independencia, sino que crea la Sección Puerto Rico del Partido y llama a los líderes puertorriqueños que estaban en el desierto a organizar la revolución. Algunos, como Pachín Marín, mártir de la libertad, responden desde Puerto Rico. Como se sabe, Pachín Marín, murió en la manigua, comido por las aves del campo.

Cuando Martí sale de Nueva York, rumbo a la manigua, se queda frente al periódico de la Revolución, Patria, en calidad de director, Sotero Figueroa.

¡Así de unidas tenía el Maestro en su corazón y en su conciencia las dos Islas! ¡Así de vinculadas tenía el Apóstol en su espíritu a cubanos y a puertorriqueños!

En la evocación necesariamente tenemos que recordar los versos memorables:

"Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas,
¡Reciben flores y balas
En un mismo corazón!
"

En este centenario de su natalicio, su figura apostólica, en vigilia perpetua frente al trágico destino de nuestros pueblos, nos pide cuentas, con acento dolido, de la causa sagrada que santificó con su sangre en los campos de Dos Ríos. Y su interrogación, en el caso específico de Puerto Rico, llega a la más profunda intimidad del dolor de nuestro pueblo, que aún sigue irredento. A la hora jubilosa de la ofrenda de su vida, Martí nos dejó colonia de España.  A la hora amarga del centenario, nos encuentra colonia de Estados Unidos. Él anticipó ese trágico destino. "Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas", dijo en la víspera de su muerte. Ya antes había pronunciado la advertencia oportuna: "Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza”. Pero no se escuchó su admonición. No se puso el espíritu en guardia frente a las fuerzas brutales del creciente imperialismo. Tres años después de su partida, la anexión de Puerto Rico era un hecho consumado por la fuerza. El país había ignorado el patético llamamiento del doctor Betances: "¿Qué hacen los puertorriqueños? ¿Cómo no aprovechan la oportunidad del bloqueo para levantarse en masa? Urge que al llegar a tierra las vanguardias del ejército americano sean recibidas por fuerzas puertorriqueñas, enarbolando la bandera de la independencia, y que sean éstas quienes les den la bienvenida. Cooperen los norteamericanos, en buena hora, a nuestra libertad; pero no ayude el país a la anexión". El país tampoco escuchó la voz cargada de sabiduría y de inquietantes presentimientos de Eugenio María de Hostos, quien a tiempo le previno sobre el riesgo del hecho de la ocupación norteamericana. Generaciones despreocupadas dieron entonces la espalda al magno problema de la soberanía para entretenerse en el reparto de las migajas de un presupuesto colonial. Al cabo de los 54 años de ingerencia norteamericana, un liderato, entregado a los fáciles negocios de la burocracia, burla de nuevo la esperanza del pueblo con una farsa que humilla nuestro derecho y deshonra al país.

A la sombra austera de José Martí precisa decirle, en esta hora angustiosa de su centenario, la verdad, toda la verdad. Y la verdad máxima es que el ideal de independencia está vivo en la conciencia del pueblo puertorriqueño. Y la verdad transitoria, la verdad amarga de este momento aciago, es que vivimos una hora infausta de crisis espiritual, bajo un liderato que ha rendido las nobles banderas de liberación patria para congraciarse con los poderes que sojuzgan a nuestro pueblo.

Frente a la memoria del Apóstol que, en unión de Betances y Hostos y Henríquez y Carvajal alentó el noble ideal de independencia para Puerto Rico, y desde esta alta tribuna del parlamento puertorriqueño, que un día prestigió José de Diego con la magia de su verbo en cálido alegato en favor de nuestra soberanía nacional, es forzoso que, ante el mundo que hoy reverencia la gesta gloriosa de José Martí, denunciemos la farsa humillante que se impone al pueblo de Puerto Rico bajo el nombre engañoso de "estado libre asociado", sin otra finalidad que la de encubrir el estado de coloniaje que padece nuestra nación desde la ocupación de la Isla, en 1898, por fuerzas militares de Estados Unidos de América.

No es cierto que el pueblo de Puerto Rico haya establecido su libertad política en el llamado "estado libre asociado". No existe el "estado libre asociado" ni como realidad jurídica ni como entidad política. Puerto Rico no es "estado", ni es libre, ni está asociado a nadie. Puerto Rico es una colonia, una simple colonia de Estados Unidos de América, sujeta al poder omnímodo de su Congreso federal.

Toda esta farsa, todo este engaño, toda esta bochornosa complicidad con el poder que nos avasalla, duele en lo hondo de la entraña de nuestro pueblo. Pero a los hombres que reverenciamos la memoria del Apóstol, más nos duele aunque se tome su nombre venerable para hacer creer que en esta factoría colonial se siguen sus doctrinas libertarias y para hacer creer que en la esfera en que prevalece esta penosa rendición del espíritu es dable hacer cosa alguna digna de la enseñanza de Martí. No, y mil veces NO. A Martí sólo pueden honrarlo los pueblos libres. A Martí pueden honrarlo las colonias, pero únicamente las colonias en franca lucha por su independencia nacional. A Martí no pueden honrarlo los colaboradores del coloniaje, ni los que han traicionado el ideal de soberanía. La memoria de Martí merece sumo respeto.

Los que quieran reverenciar su vida, tienen que hacerlo con devota adhesión a su doctrina. NO se le honra con la mera adhesión a formidables ritos y ceremonias de ocasión, sino tributándole, en la acción, el homenaje de la solidaridad auténtica; alzándose, quienes quieran honrarlo, hasta la alta cumbre en que mora su espíritu de excepción. Puerto Rico, pueblo irredento, en lucha patriótica por su independencia nacional, con muchos hombres y mujeres extinguiendo condenas en las cárceles y presidios o privados de su libertad en espera de procesos judiciales por actuaciones relacionadas con el esfuerzo de emancipación, no puede, en su mundo oficial, tributar honores a José Martí ni levantar en alto la efigie del Apóstol, sin antes abrir las puertas de las cárceles y los presidios a los hombres que allí padecen por defender las doctrinas que aquél consagró con el sacrificio de su vida ejemplar.

A la figura inmaculada de Martí nos acercamos esta noche los independentistas de Puerto Rico a través de la Isla; todo el pueblo puertorriqueño, que aún sigue creyendo en el grande ideal de liberación, por el cual él rindió la jornada de sacrificio de Dos Ríos. Nos acercamos a su sombra apostólica con humildad, con reverencia, con espíritu de contrición, con ánimo de servir su causa. No podemos en esta ocasión ofrecerle el valedero homenaje de una patria libre, pero sí nuestra fe en el ideal de independencia; sí nuestra firme e inquebrantable determinación de luchar por la liquidación del coloniaje; sí, nuestra esperanza en el próximo advenimiento de la República de Puerto Rico como una realidad de derecho, de justicia, de amor y de conciencia.

Sea esa fe, sea esa determinación, sea esa esperanza, nuestro humilde tributo de hoy a la memoria del Apóstol.

En ocasión de su centenario, pido al Cielo por la libertad y la felicidad de Cuba, su tierra idolatrada.

Pido a Dios por nuestra América, en esta hora de agonía y deber.

Pido al Altísimo por nuestras Antillas, las que el Maestro quiso libres y felices bajo el cielo hermoso y sobre el hermoso mar.

Pido al Creador por Puerto Rico, la patria que nos dio Dios para perpetuarnos en el tiempo y en el espacio; tierra más querida mientras más infeliz; más digna de amor cuanto más pequeña; y a la que en esta hora de angustia, "porque sufre", corresponde "la primera palabra". Palabra de libertad. Palabra de redención. Palabra de emancipación.

1- Discurso pronunciado en la Sesión Conjunta de la Legislatura de Puerto Rico en ocasión de celebrarse el Centenario del natalicio del apóstol José Martí, el 29 de enero de1953.  Colección Gilberto Concepción de Gracia, en el Centro de Investigaciones Históricas, UPR, Serie Discursos, Caja 12, cart. 1. Transcrito del libro editado por Pablo Marcial Ortiz, "En nombre de la verdad" (Instituto Gilberto Concepción de Gracia: 2007)

 

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