Mensaje en el Centenario de Gilberto Concepción de GraciaGilberto Concepción Suárez9 de julio de 2009 Por años creía conocer bien a este hombre; saber mucho de su vida. Hace ya más de dos años empecé a soñar con el acto de hoy y hablé con amigos que me habían expresado su admiración y respeto por este singular personaje casi desconocido para las nuevas generaciones. Se hilvanaron actividades y proyectos dirigidos a celebrar el centenario de Gilberto Concepción de Gracia y supe lo mucho que no sabía de él. Todavía me faltan muchas horas de aprendizaje.
Así fue que llegamos a la noche de hoy, triunfantes porque la mención de Gilberto Concepción de Gracia y su obra garantiza su inmortalidad: la muerte es definitiva únicamente cuando nadie nos recuerda. Agradecer a tantos amigos, familiares, compañeros, correligionarios, simpatizantes, buenos puertorriqueños, por nacimiento o por voluntad propia, tiene que ser un agradecimiento genérico porque se trata de los que llenan este teatro y muchos mas que no han podido entrar o no han podido llegar. Significamos únicamente a Lillian Camacho cuyo tesón y voluntad durante días, noches y madrugadas interminables nos ha permitido llegar hasta aquí.
¿Quién fue Gilberto Concepción de Gracia? La contestación no son los datos que pueden aparecer en una enciclopedia o en una sencilla biografía. Para contestar hay que trasladarse en primera instancia a los campos de Puerto Rico y a los pequeños pueblos a principios del pasado siglo, sin facilidades, sin los desarrollos científicos que nos simplifican la vida cien años después, sin las comunicaciones, ni los servicios de salud, ni la alimentación, ni las oportunidades, ni los dineros. A un Puerto Rico de persecución y prejuicio cuando no llovían millones de los llamados fondos federales repartidos por el representante de una etnia que había sido abusada por siglos, sino por los abusadores en persona y sus representantes que eran los que habían invadido al rugido del cañón esta pequeña patria. Hay que entender que Gilberto Concepción de Gracia, de veintidós años, sin haber ido nunca al cine ni haber visto la televisión, que no existía, tenía el valor para confrontar los prejuicios universitarios contra los pobres, contra los negros y contra los cabales defensores de la independencia, que eran su propia definición, se ganó la expulsión de la Universidad de Puerto Rico, de ésta universidad donde estamos, por el Carlos Chardón de entonces. Cinco años más tarde desafiaría toda autoridad al convertirse en el defensor del más perseguido, del mas odiado por el régimen, Pedro Albizu Campos, cuando otros líderes y abogados de mayor edad y experiencia se cantaban cobardes física y moralmente para defender al presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico y líder de la causa de la independencia. Estados Unidos quería encarcelar a Albizu para descabezar el movimiento independentista, y lo hizo, para encontrar que habría de existir otro prohombre comprometido con su pueblo, con su vida entera. Al final de un proceso viciado y manipulado, que colocó a Pedro Albizu Campos en la carcel en el imperio, Gilberto Concepción de Gracia estuvo dispuesto a renunciar a sus propios medios de subsistencia para emigrar con su esposa a los Estados Unidos para continuar trabajando por el Maestro, por los puertorriqueños exiliados, por los pobres, por los perseguidos, por los que no tenían voz, por la independencia de Puerto Rico, por Puerto Rico. A su regreso, exclusivamente para continuar en lucha por la redención patria desde el Segundo Congreso Pro-Independencia y enseguida desde la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño, definido desde su nombre, y que sesenta y tantos años después sigue siendo una fuerza viva, lo hizo después de haber obtenido títulos universitarios que lo convertían en el único doctor en jurisprudencia, capaz de preferir los honorarios del servicio a la patria y el agradecimiento de los pocos agradecidos en lugar de los dineros del gran capital. Servir a los menesterosos a cambio del pago de una moneda de amor y no a los privilegiados a cambio de las monedas producto del sudor y del dolor de los otros. Así continuó su vida por las próximas dos décadas de compromisos y de valor. Gilberto Concepción de Gracia confrontó el coloniaje en Puerto Rico. Atacó duramente a los que confundidos por miopía intelectual, o confundidos con el posibilismo o pura y llanamente a los “traidores para subastar conciencias”, mientras le recordaba a los independentistas que “el voto independentista ni se vende ni se presta ni se alquila. El voto independentista es exclusivamente para la independencia”. Ese Gilberto Concepción de Gracia que le decía a nuestro pueblo:
Tenía “la seguridad y la fe de que Puerto Rico será libre”:
Ese Gilberto Concepción de Gracia, que hay que estudiar mas allá de las biografías, que hizo señalamientos profundos sobre el estado colonial del país; sobre la entrega de la tierra y de las industrias; sobre la emigración; sobre el desempleo; sobre la ausencia de posibilidades de hacer tratados internacionales; sobre la defensa y la necesidad de hacer crecer nuestra cultura nacional; sobre la autoestima de los puertorriqueños a los que continuamente se nos decía de nuestras supuestas incapacidades; sobre el amor ilimitado, como asunto de primer orden, a esta nación hispanoamericana que es Puerto Rico, sobre la temible represión gubernamental contra los disidentes; sobre las innumerables mentiras que se decían desde la oficialidad como asunto diario. La palabra de Gilberto Concepción de Gracia no solamente fue valiente, certera y oportuna, sino profética. Lamentablemente, las fuerzas coloniales han coadyuvado a la profecía porque a cuarenta y un años de su muerte no hemos resuelto un solo asunto que constituyera una amenaza en 1968. Su obra está inconclusa, la patria está irredenta y cada día la degradación es mayor. Hemos tocado fondo.
El mejor homenaje a Gilberto Concepción de Gracia, que está vivo y presente y lo estará mientras lo evoquemos y sepamos de su mensaje y su lucha, es afirmarlo. Recoger el batón y relevarlo en su carrera generosa y hacerlo como él hubiera dicho, “de pié y en marcha”, “a la lucha y a la victoria”. |
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