Instituto Gilberto Concepción de Gracia  

Elogio de Gilberto Concepción de Gracia1

Por Margot Arce de Vázquez


Conmemoramos en este acto el aniversario sexagésimo quinto del Dr. Gilberto Concepción de Gracia. Al hacerlo cumplimos con la ineludible obligación de honrar a aquellos hombres que entregaron su vida por entero y sin reservas, a la liberación y servicio de su pueblo y que son los modelos de conducta civil que podemos ofrecer a la emulación de las generaciones futuras. Son esos hombres la "levadura heroica de que vi­ven los pueblos" según Martí."2 Concepción de Gracia fue un ejemplar puertorriqueño, defensor de nuestra soberanía y derechos nacionales, fundador y primer presidente de nuestro Partido. A su país ofreció el sacrificio de su vida, de su salud y su bienestar.
                               
Desde hace algún tiempo venimos observando con alarma cierta tendencia de los jóvenes -también, por desgracia, de algunos independentistas- a negar o rebajar la obra de nuestros hombres ilustres del pasado, a desdeñar nuestras buenas y sentadas tradiciones y costumbres y hasta aquellos valores culturales que son parte positiva de nuestra herencia hispánica. No hay que confundir la crítica honrada, que busca corregir errores, con la irresponsabilidad iconoclasta. Me alarma esa tendencia porque revela en varios casos -como ocurre con ciertas críticas y hasta acusaciones que se hacen a De Diego- un malsano regusto en empañar la merecida fama de un patriota, cosa que conviene mucho, y aún regocija, a los enemigos de nuestra libertad. Revela además falta de conciencia histórica, porque a los hombres hay que juzgarlos dentro del contexto temporal en que vivieron y dentro de la realidad de la condición humana que es débil y pecadora. El juicio de la posteridad -para ser justo- tiene que considerar también, y ante todo, las virtudes de esos hombres, sus actos positivos y creadores, sus ideales y aspiraciones y la medida en que superaron la debilidad humana.

Cuando el pueblo pierde su conciencia histórica corre el riesgo de perder la esperanza: es decir, de comprometer gravemente o traicionar su destino. El presente y el porvenir están estrechamente ligados al pasado, son su consecuencia, su fruto. Rechazar el pasado como totalmente inválido e inoperante es como amputar un miembro vital, como negar parte esencial de nuestro ser y cultura. La conciencia de identidad, la de unidad nacional, la escala de valores, las virtudes y aspiraciones que nos definen como nación, arrancan del pasado y se van fraguando a lo largo del curso temporal de progreso moral y civil del pueblo. Todo momento ratifica el anterior y explica el siguiente o corrige, pero siempre hay que tener en cuenta la perspectiva total.

El Dr. Gilberto Concepción de Gracia dedicó su vida entera al servicio de Puerto Rico. Se preparó bien para esa tarea mediante una sólida carrera universitaria en el campo del Derecho hasta recibir el grado de Doctor en Ciencias Jurídicas. Ninguna profesión -salvo el sacerdo­cio- da al hombre conocimiento tan profundo de la condición y la conducta humanas que la práctica y el estudio del Derecho. El abogado se pone diariamente en contacto con las injusticias y las lacras sociales, con la naturaleza y las causas del delito. En esa escuela un hombre recto y justo necesariamente se siente llamado a acciones liberadoras, a luchar por la justicia, la libertad, la salud social, y se da cuenta de que es preciso crear estructuras políticas, sociales y económicas que permitan prevenir y curar esos males. Así la vocación política de Concepción de Gracia se manifiesta desde sus años de estudiante y se le convierte en ocupación absorbente e imperativa. Respondiendo a ese llamado defendió a los dirigentes Nacionalistas en los procesos incoados contra ellos, colaboró con la Comisión de Derechos Civiles, que investigó la ma­sacre de Ponce e intervino en la defensa de obreros y trabajadores puertorriqueños residentes en Nueva York y víctimas de injusticias y discrímenes.

Toda su vida fue de lucha, de riesgo personal, de renuncia al bienestar y al lucro. Sabía que la fidelidad a su ideal le costaría dolor, persecución abierta o solapada, dificultades de todo género. Le costó también la pérdida de la salud y muchos amargos desengaños. Pero aceptó todo eso con gran serenidad, y con la certidumbre de que cumplía con su deber, y hasta diré que con alegría, una alegría que tenía su raíz en su innata bondad. Conoció en su propia carne que la patria es "agonía y dolor" como dijo Martí y le añadió la dimensión de sacrificio aún más profunda en las palabras de Pedro Abizu Campos.3 Estos dos maestros forjaron su conciencia moral.

Lo conocí en los años en que era alumno en la Escuela de Leyes de la Universidad de Puerto Rico. Más tarde fuimos compañeros en la Junta de Directores del Partido Independentista Puertorriqueño y nuestra amistad duró hasta su muerte. Compartimos momentos muy difíciles como el de aquella histórica reunión de Aguadilla de 1950, cuando el P.I.P., como era su deber, se solidarizó públicamente con los Nacionalistas perseguidos por el gobierno colonial. En esas ocasiones admiré su clara y recta conciencia del deber, su serena y valerosa decisión, pero sin jactancia, como algo que se acepta como natural e ineludible.

Era caballeroso con sus adversarios, pronto a olvidar las injurias; nunca le oí una palabra rencorosa o destemplada. Estas virtudes correspondían a esa bondad de que he hablado, signo de un espíritu templado y fuerte, de un equilibrio interior conseguido seguramente en el duro confrontamiento con la realidad colonial de su país y con la peligrosa dirección que tomaba la política del Gobierno al aprobar en elecciones de nula validez la Ley 600 y la Constitución del Estado Libre Asociado. Como sabía Derecho Constitucional, combatió esa farsa y se negó a colaborar con ella porque previo sus consecuencias inmediatas y futuras.

Cuando fue electo senador por el P.I.P. su labor parlamentaria se inspiró siempre en la finalidad de liberación nacional y en sus convicciones de justicia social para el pueblo.

Su visión política se proyectaba hacia metas hispanoamericanistas, consciente de que la lucha liberadora debía realizarse en armonía con los pueblos hermanos de la América hispánica. Conviene leer su magnífico discurso, pronunciado en la Cámara de Representantes, el 28 de enero de 1953, con motivo del homenaje a José Martí en el centenario de su nacimiento, para conocer su pensamiento americanista. Demuestra una lectura profunda de la obra martiana y gran familiaridad y coincidencia con su acción política, con el sueño de una América Hispana libre y unida, dueña de su destino, afirmadora de sus derechos y capaz de recha­zar la explotación económica y política del imperialismo norteamerica­no. Se daba cuenta de que la devoción al gran libertador cubano "impone imperativos de lucha a los hombres de conciencia de nuestra América". "A Martí" -dice- "hay que honrarlo con militancia cívica, con ardiente devoción a su doctrina, con hechos, y no con palabras." "Su cau­sa es la de la libertad de América, la de la dignidad de América, la de su destino común." Y como en la presente situación histórica de Puerto Rico y de los pueblos hispanoamericanos, esas palabras de Concepción de Gracia tienen una vigencia apremiante, debemos meditarlas y apres­tarnos a seguir el camino señalado por ellas. Es decir: a imitar el noble ejemplo de este insigne puertorriqueño consagrado generosamente a la liberación de Puerto Rico, hoy más que nunca tan amenazada, que po­dríamos decir con versos de Antonio Machado a su España, destrozada por la agresión fascista:

Otra vez — ¡otra vez!— ¡oh triste España!,
cuanto se anega en viento y mar se baña
juguete de traición, cuanto se encierra

en los templos de Dios mancha el olvido,
cuanto acrisola el seno de la tierra
se ofrece a la ambición, ¡todo vendido!4

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1 Inédito, 9 de julio de 1974. Tomado de Matilde Albert Robatto, Editora, Margot Arce de Vázquez: Obras Completas (Editorial de la Universidad de Puerto Rico:, San Juan: 2001) Vol 3, pág.428

2 “Los pinos nuevos”, Discurso pronunciado el 27 de noviembre de 1891, José Martí, Obras escogidas (La Habana: Política, 1981) III:31

3 La frase: “La patria es valor y sacrificio” fue utilizada por Albizu en numerosas ocasiones, citamos el primer texto en el que la utilizó: “Las expresiones después de la derrota de 1932”. También existe una nota manuscrita dedicada a Juan Antonio Corretjer que tiene la frase, fechada el 20 de enero de 1935, Obras completas, ed. Benjamín Torres ( San Juan: Jelofe, 1981)I; II:108

4 “Trazó una odiosa mano…”9-14, Poesías de guerra (1936-1939), Poesías completas, ed. Oreste Macri ( Madrid: Espasa Calpe, 1989) 825

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