Instituto Gilberto Concepción de Gracia  

Un héroe en tiempos no heroicos

Discurso de clausura del Congreso Latinoamericano
y Caribeño por la Independencia de Puerto Rico

Rubén Berríos Martínez
Panamá, sábado, 18 de noviembre de 2006
RBM
Rubén Berríos Martínez, Presidente del PIP,
clausura el Congreso Latinoamericano y Caribeño
por la Independencia de Puerto Rico

Compañeros y compañeras, antes de finalizar este Congreso, aprovecho la oportunidad que me brinda esta fiesta de despedida. Siento la necesidad de dirigirme a ustedes  para hablarles, aunque sea improvisadamente, desde el corazón.

Hemos estado reunidos la noche de ayer y el día de hoy para fortalecer y adelantar la independencia de Puerto Rico. Y puedo decirles que a mí no me cabe la menor duda de que la independencia de Puerto Rico está muy cerca.

Este Congreso se ha podido celebrar por una razón por sobre todas las otras: por la constancia y perseverancia del Partido Independentista Puertorriqueño, y este partido es fruto de la dedicación de muchos hombres y muchas mujeres, pero particularmente de uno. Y como nuestros hermanos latinoamericanos no lo conocen, yo quiero hablarles de ese uno.

José Martí, quien nos inspira a todos nosotros, nos enseñó que “El valor mayor del hombre es contenérselo.  Lo que cuesta trabajo no es empujar, es refrenar”. Y lo dijo Martí, quien nunca vivió en paz y quien, sin ser militar, se inmoló en el campo de batalla para dar un ejemplo de su vida.

Este partido es un partido afortunado porque tuvo como su fundador a un digno discípulo de Martí, a un prohombre latinoamericano que las futuras generaciones van a reconocer. Heredero de Betances, de Ruiz Belvis, de Hostos, de de Diego y de Pedro Albizu Campos. Un hombre de una integridad intachable y de un valor personal inexpugnable.

En el 1935, el coronel norteamericano, Riggs (quien vino — ¡imagínense!— de Nicaragua), dio la orden que le costó la vida a cuatro nacionalistas en lo que se conoce como  la Masacre de Río Piedras. En el 1936 Elías Beauchamp e Hiram Rosado ajusticiaron a aquel hipócrita que acababa de salir de oír Misa un domingo (porque supuestamente creía en Dios).  Inmediatamente fueron aprehendidos por la policía. Se les llevó al cuartel de Puerta de Tierra y allí los asesinaron. Inmediatamente se le informó del tiroteo a un joven abogado que participaba —junto a don Pedro Albizu Campos— en la defensa del sobreviviente de la Masacre de Río Piedras y quien, posteriormente, sería defensor del Maestro  en su primer juicio en el 1936. Y ese joven abogado, que no utilizaba la lucha armada como método de lucha, igual que no la utilizó Ghandi, pero que respetaba a los que utilizaban ese método, se personó al cuartel de la policía de Puerta de Tierra y cuando las metralletas de la policía le franquearon el paso, las echó a un lado y, jugándose la vida, rescató los cuerpos de los héroes nacionalistas. Ese héroe puertorriqueño se llamó, para gloria de Puerto Rico, como lo bautizó nuestra más grande poetisa, Julia de Burgos, “Concepción de Gracia… y de batalla”.

Escuche la amena disertación de Berríos Martínez al clausurar el Congreso por la Independencia que se celebró en Panamá del 17 al 19 de noviembre de 2006. Toque en el enlace para escuchar el discurso en formato mp3.
Flecha Un héroe en tiempos no heróicos

El gobierno norteamericano, no conforme con esos crímenes, ordenó disparar, en el 1937, contra una manifestación pacífica del Partido Nacionalista, donde murieron veintiún nacionalistas desarmados y resultaron heridos  ciento dos.

Don Gilberto tuvo discrepancias profundas en lo privado, con su maestro, el inmortal don Pedro Albizu Campos. En una coyuntura histórica extraordinariamente difícil, en el 1945 y el 1946 le tocó la misión de emprender una lucha civil por la independencia, siguiendo el camino de don José de Diego, “dentro del régimen en contra del régimen”.

En los momentos iniciales de la guerra fría don Pedro Albizu Campos siguió el camino que le dictaba su moral y su dignidad, y don Gilberto siguió el camino que le dictaba su dignidad y su moral.  Y cuando vino la gran traición de aquel que Pablo Neruda llamó “humilde traductor de tus verdugos, chofer del whisky norteamericano”, don Gilberto Concepción de Gracia, con los nacionalistas que optaron por su método y con los miembros del PPD, (un partido que se fundó como independentista) y que no traicionaron la ideología original de ese partido, fundó, el 20 de octubre del 1946, este glorioso Partido Independentista Puertorriqueño.

Había que ser bien valiente para no plegarse a las prebendas del régimen que intentó comprarlos a todos; y había que ser bien valiente y bien respetuoso para decirle a don Pedro: “Yo lo respeto, ese es su método, usted es el último libertador de América,  pero este es el método que me dicta mi conciencia”.  Ambos, don Pedro y don Gilberto, cada uno a su forma, han contribuido de manera extraordinaria a  nuestra libertad.

Cuando don Gilberto fundó el Partido Independentista, repito, estábamos en los inicios de la guerra fría.  Luego vino la Revolución del 50 y, ¿ustedes saben lo que hizo don Gilberto Concepción de Gracia, sin ser propulsor del método de lucha que don Pedro utilizó en aquel entonces?  Convocó al Comité Central del Partido Independentista en la ciudad de Aguadilla, antes de unas elecciones, y en medio de una revolución armada, expresó su respeto a los nacionalistas que ofrendaron su vida por la independencia y responsabilizó al régimen por los crímenes perpetrados en contra del Partido Nacionalista.  ¡Ese era don Gilberto Concepción de Gracia!

Aprovechando aquella coyuntura el régimen colonialista de Puerto Rico apresó y encarceló a prácticamente todos los miembros del glorioso Partido Nacionalista.  Pero no se contentaron con eso.

El Partido Independentista se veía como un partido victorioso para las elecciones del 52.  (¡Miren si era victorioso, que en esas elecciones, luego de una persecución atroz, obtuvo el veinte por ciento de los votos!)  Los títeres de los norteamericanos en Puerto Rico —que luego se han estado dando golpes de pecho de patriotismo durante los siguientes cincuenta años, mientras pisotean la dignidad de la patria— no se conformaron con perseguir a los Nacionalistas. Iban pueblo por pueblo y luego que arrestaban a todos los Nacionalistas de Mayagüez, y de Aguadilla, y de San Juan, iban donde el alcalde colonialista y hacían la lista de los líderes de barrio del Partido Independentista Puertorriqueño, y arrestaron a mil quinientos independentistas con órdenes de arresto firmadas en blanco.  Y en momento alguno don Gilberto Concepción de Gracia levantó su voz para profanar con críticas el sacrificio de los nacionalistas.

¡Ese era don Gilberto Concepción de Gracia!

Aquí, junto a don Rafael y a doña Lolita, está un nacionalista miembro en el 1950 de ese partido y ahora militante del PIP, el compañero Heriberto Marín, de Jayuya, que participó en la revolución de Jayuya y cumplió una década de cárcel.  Y recuerdo, los jóvenes aquí presentes lo recuerdan, cuando don Heriberto incursionó en Vieques medio siglo después y fue arrestado, reunió a los jóvenes arrestados con él en una celda y les dijo: “Muchachos, con calma —voy a usar una puertorriqueñada— esto es un ñame, Muñoz se murió, no se preocupen”.

A esta persecución atroz de mediados del Siglo Veinte y a la traición del liderato del Partido Popular respondieron Rafael Cancel Miranda, Lolita Lebrón, Andrés Figueroa Cordero e Irvin Flores con el ataque al Congreso y Oscar Collazo y Griselio Torresola con el ataque a la Casa Blair, y nuevamente arreció aun más la persecución.

El gobierno de los Estados Unidos y sus monaguillos insulares trataron de exterminar a los nacionalistas y a los independentistas mientras predicaban en todas las capitales del mundo, con los billetes americanos, que Puerto Rico era “la vitrina de la democracia, el progreso que se vive, lo mejor de dos mundos”…  Yo era un niño pero lo recuerdo.

¿Qué hizo don Gilberto Concepción de Gracia?  Sobre su escritorio fue que yo vi por primera vez una estatua del Apóstol de Cuba, que era su maestro.  Siguió el consejo de José Martí “el valor mayor del hombre es contenérselo”.

Y como un capitán en medio de la tormenta, con don Pedro encarcelado, torturado en la cárcel, con Rafael en la cárcel, con doña Lolita en la cárcel, la persecución inmisericorde, tantos y tantos Nacionalistas e Independentistas presos, don Gilberto, como el capitán en medio de la tormenta, se agarró al timón de la fe en su pueblo.  Y el vendaval seguía, y seguía y seguía, y se instauró en Puerto Rico la adoración del becerro de oro. El becerro de oro del supuesto progreso, las prebendas, los “chavos” federales fluyendo de aquella cornucopia, y don Gilberto no perdía la fe en su pueblo. Era un santo civil.  Yo tuve el privilegio de conocerlo.

Y cuando empezó a amainar un poco la tormenta, por allá por mediados de la década del sesenta, cuando vinimos unos jóvenes a ayudarle a cargar la cruz a este Cirineo, cuando llegamos lo fulminó la enfermedad luego de una vida de sacrificios constantes y de ausencia total de reconocimiento.  Fue un héroe en tiempos no heroicos.

A mí, a todos nosotros, nos han tocado tiempos mucho más fáciles.  Cualquiera lucha con aplausos, cualquiera se entusiasma aquí con tantos hermanos latinoamericanos.  Difícil es como don Gilberto, en la sombra, con abnegación, sin un aplauso.  ¡Eso sí es difícil, ese sí es un heroe!  Ese fue Gilberto Concepción de Gracia.

Y cuando la tormenta estaba amainando, murió don Gilberto y murió don Pedro.  Pero habían sembrado profundo, y habían legado este instrumento de lucha que está aquí hoy de pie.  Porque el Partido Independentista trascendió a su fundador.

Y empezó la tarea de componer el barco, de tapar los hoyos para que no se hundiera.  Y en esa tarea hemos estado.  Pero hemos perseverado porque tuvimos el ejemplo de don Gilberto.  Recuerdo yo como si fuera hoy que nosotros, los que no tuvimos el privilegio, como Gilberto Manuel o Rafaelito, de nacer en familias independentistas o nacionalistas, los que nacimos en familias buenas, honradas, —si fueran malas no habría problema— buenas, trabajadoras, honradas, en que la mayor muestra de amor al “nene” en las décadas del sesenta y el setenta, era “m’hijo, deja eso de la independencia para después que te gradúes de la universidad”.  (¡Pensando en uno, la que más quería a uno, su mamá!)  Y el papá y la mamá, decían:  “Ese señor Concepción de Gracia es un hombre serio, es un hombre digno” y como que dejaban la puerta abierta de que algo había por ahí.

El Buen Nombre, el prestigio del sacrificio y la dedicación; eso fue lo que don Gilberto nos legó.

Nos enseñó que el mayor valor del hombre es contenérselo, pero también que siempre hay que estar dispuesto a dar el paso al frente.

Cuando el Partido Independentista Puertorriqueño incursionó en Culebra en la década del setenta, y después en Vieques, estaba dando el paso al frente, siguiendo las enseñanzas de don Gilberto.  ¿Ustedes saben cuántos pipiolos estuvieron presos por Vieques? Novecientos miembros del Partido Independentista Puertorriqueño.  Y no fuimos allí en el último mes para ver si salíamos en la ‘postalita’, como dicen en Puerto Rico.  Este partido, porque tenía ese espíritu de don Gilberto y esa fe en el método civil, montó una operación de un año y durante ese año iban de diez a quince militantes semanalmente, dejando su trabajo y a su familia, a aquella playa inhóspita para que la Marina norteamericana no pudiera bombardear.  Y esa fuerza moral se levantó porque teníamos la estirpe de don Gilberto y de don Pedro, y estaban los compañeros y compañeras dispuestos a enfrentar lo que nos “ofrecieron” en un principio, que era que al que incursionara en el área restringida por segunda vez le esperaban cinco años de cárcel, y lo que decían los muchachos era: “Para lo que falta, que venga el resto”.  Y esa fuerza moral los arrinconó.  Miren si los arrinconó que cuanto buscón y oportunista había en la política puertorriqueña se trepó, y fue a retratarse y a unirse al final de la lucha.  Y por supuesto, los metían a la cárcel par de días, pagaban una fianza y salían.  Y los pipiolos nos quedábamos hasta que fuera, sin pagar fianza.   ¡Así es este partido!   Nosotros no le aceptamos cátedra de valor ni de patriotismo a nadie, porque a este partido le sobra.  Por eso respetamos a los hombres y a las mujeres de dignidad y de patriotismo como Rafaelito Cancel, como doña Lolita Lebrón, como Heriberto Marín, participen o no participen en las elecciones.  A los que no respetamos es a aquellos a quienes les aplica el viejo dicho de Aibonito: “Con la boca es un mamey”.  Hay que saber dar el paso al frente.

Por esa estirpe de don Gilberto es que nosotros estamos hoy aquí.  Para mí es un privilegio dirigir desde la presidencia a este partido.  Pero no crean que la estirpe desaparece.  Don Gilberto murió, y le seguimos nosotros.  Y ustedes, compañeros latinoamericanos, han visto la pléyade de hombres y mujeres jóvenes que tenemos en este Partido Independentista Puertorriqueño. Y yo quiero decirle a los que están aquí, particularmente a los extranjeros, que este partido es un enemigo a muerte de la colonia y así lo ha probado siempre.  Y que nos oponemos a muerte a la estadidad porque la estadidad es la culminación de la colonia.  Que no nos vengan con subterfugios de votar por éste o por aquel partido colonial.  Nosotros luchamos y votamos por la libertad y por la independencia de Puerto Rico.  Eso lo hemos hecho saquemos dos votos o saquemos dos millones de votos.  Un voto independentista vale más que un millón de votos en contra de la independencia.  Y somos muchos miles y miles.  Esto no es cuestión de mayorías o minorías transitorias.  Esto es cuestión de amarrarse al mástil firmemente, de echar pa’lante, de no darse por vencidos nunca, de seguir adelante, de no desesperarse, de no entregarse, de no claudicar, “de no acostarse —como dice nuestro líder de Caguas— sobre el mullido cojín de las conveniencias personales o dejarse engañar por los olores de la cocina del regente colonial”.  Este partido no tiene precio.  Todos los pipiolos que están aquí, todos, se pagaron su viaje y su estadía.  Los gastos de este Congreso los aportaron los pipiolos; el que podía dar mil daba mil, el que podía dar cincuenta daba cincuenta.  Si nosotros hubiéramos querido estar bien, nos hubiéramos metido a populares o a penepés hace rato.

Y yo quería que mis amigos extranjeros… ¡qué digo “extranjeros”!, mis compatriotas de Chile y de Argentina y de República Dominicana y de Nicaragua y de Cuba, y de toda la América Latina, yo quería que supieran porqué este Congreso ha quedado tan bien.  Ha quedado tan bien porque este es un partido de calidad.  ¡No hay dinero en todo el tesoro norteamericano para comprar la dignidad y el patriotismo de un solo miembro del Partido Independentista Puertorriqueño!

Y todo eso se lo debemos al ejemplo de don Gilberto Concepción de Gracia, aquel heroe en tiempos no heroicos, aquel varón de la independencia y la dignidad, aquel santo civil a quien tuve el privilegio de conocer.  Y yo quería decir lo que estoy diciendo porque, si no, hubiera cometido el más grande de los pecados, el pecado por el que ni Dios perdonó; porque el pecado de Lucifer fue la ingratitud.  Y yo sería un ingrato si no reconociera a don Gilberto y lo que don Gilberto significa.

La razón básica, ética, por la cual uno tiene que ser independentista la resumió magistralmente don Gilberto.  Una vez un senador norteamericano le preguntó a don Gilberto en una vista pública:  “Si usted no fuera independentista, ¿por cuál status votaría, por la estadidad o por el estado libre asociado?”  Es decir, por la estadidad o por la colonia.  Don Gilberto no le contestó y el americano insistió: “¿Qué usted haría?” y don Gilberto entonces le dijo: “Si yo no fuera independentista me moriría de la vergüenza”.  ¡Ese era don Gilberto y ese es el Partido Independentista Puertorriqueño!  Y eso era en medio de la tormenta.  Don Gilberto preveía el cambio de los tiempos, y repetía: “Aguanten, muchachos, que la tormenta amaina.”

Nosotros, ya casi al final de la guerra fría, podíamos hacerlo quizás con más ciencia y tal vez con menos fe, aunque lo más importante es la fe que es la que mueve montañas.  Y han pasado los años y lo que está aconteciendo en los Estados Unidos y aquí, lo intuyó don Gilberto y nosotros, hace más de un cuarto de siglo; lo hicimos constar hasta por escrito.  Ya la colonia no le conviene a los Estados Unidos, ni la estadidad.  Y me preguntan, “Entonces, ¿usted dice que la independencia va a lograrse por carambola?”  El que piensa así es un ignorante de la historia, en la historia todo es por carambola; a eso lo llaman la dialéctica.

Cuando las tropas napoleónicas invadieron España al principio del siglo XIX, lo saben mis hermanos latinoamericanos, que se convocaron las juntas en Buenos Aires y en Caracas, no para declarar la independencia, sino para jurar lealtad a Fernando VII.  Si no llega a ser por San Martín y por Bolívar, sabe Dios lo que hubiera pasado allí.  Ustedes saben que en la batalla de Carabobo, más de la mitad de las tropas que se enfrentaron a Bolívar eran venezolanos.  Y eso, que no había “cupones de alimento” en Venezuela en aquel entonces.  Y lo mismo pasó en Argentina, y en Perú ni hablar, allí tuvieron que ir a ayudar de Argentina, de Chile y de Venezuela porque había una facción realista demasiado fuerte y no porque fueran menos patriotas, sino porque la vida es así.  Por carambola de Napoleón Bonaparte fue que se dio.

Y en Estados Unidos, ¿no se dio por carambola?  Jorge Washington, dos años antes de la independencia de los Estados Unidos dijo: “Ningún hombre pensante en América puede pensar en la independencia”.  ¡Dos años antes!  Y la batalla decisiva de Yorktown, ¿saben por qué la ganó Jorge Washington?  Porque la escuadra del almirante De Grasse, ¡la escuadra del rey absolutista francés, (y ellos estaban luchando por la democracia en los Estados Unidos!) cuadró en la bahía de Yorktown, en lo que se llama Chesapeake Bay, y encerró a la escuadra inglesa.  Y de parte de Washington, más de la mitad de los soldados eran franceses o soldados de fortuna.  Y por eso el general inglés le fue a entregar la espada de la rendición al general francés y el general francés la entregó al general Washington, por carambola también.  Y cuando se hizo la independencia de los Estados Unidos una tercera parte de los americanos se mudó para Canadá, y por eso es que existe el Canadá inglés.  Por carambola también.  Y ¿ustedes saben lo que hacían los patriotas americanos con los que llamaban los “tories” (es decir, los godos, como se dice en algunas partes de América Latina)?  Los desnudaban en las calles, los cubrían de brea, los llenaban de plumas a los que habían cooperado con los ingleses y los paseaban por las calles de Filadelfia.

Yo les garantizo que nosotros no vamos a llenar de plumas a ningún puertorriqueño que no haya sabido defender la independencia de Puerto Rico.  Yo quiero decirles ahora, cuando se vislumbra ya la tierra prometida, que todos los aquí presentes están dispuestos a cederles el puesto en primera fila a los que no tuvieron el privilegio de luchar por la dignidad patria, porque nosotros por lo menos hemos tenido el único privilegio de un hombre o de una mujer en una colonia: el privilegio de luchar por la independencia de la patria.  ¡Y eso es recompensa suficiente para nosotros!

¡Cuánto daría yo porque don Gilberto Concepción de Gracia pudiera estar aquí con nosotros!  Primero, para pedirle perdón por las pequeñas ingratitudes de los que éramos demasiado jóvenes y no supimos comprender su grandeza y nos atrevimos alguna vez a decir una que otra burrada.  ¡Cuánto daría yo por eso!  Pero lo único que puedo hacer es este reconocimiento delante de mis hermanos independentistas y de mis hermanos independentistas latinoamericanos. 

Ahora es fácil, se acabó la colonia militar, se acabó la colonia contributiva.  Los americanos ni nos quieren como estado de la unión americana ni nos querrán jamás.  Por una sencilla razón, no se equivoquen, no es solo porque tendríamos más votos que veintisiete estados, que los tendríamos, y no es solo porque contribuiríamos menos al fisco federal y seríamos el estado más pobre y recibiríamos más que muchos estados de fondos federales.

¿Saben por qué la estadidad no viene a Puerto Rico?  Ellos lo saben, yo se los dije en el Congreso el miércoles pasado: la estadidad no viene a Puerto Rico porque a quien se trague a esta nación latinoamericana le da indigestión.  (Porque esta es una nación latinoamericana que se hizo nación antes de tener un estado.  Otras naciones de América Latina fueron primero estado y luego nación.)

En Puerto Rico la nación llegó antes que el estado, no porque seamos más patriotas que los venezolanos o los argentinos o los colombianos, es que hemos llegado doscientos años tarde.  Y nosotros tenemos todos los atributos de una nación menos el político; todavía estamos con los pantalones cortos y no nos hemos puesto los pantalones largos.

Pero la nacionalidad está formada y sólo falta el momento oportuno nacional e internacionalmente, y ese momento oportuno está llegando.

Yo lo ví en el Congreso norteamericano el miércoles.  Antes de llegar aquí yo estuve en el Senado norteamericano en una vista pública.  Y les puedo decir que los líderes penepés y populares me daban pena.  Sentí vergüenza ajena.  Cuando el senador de la mayoría entrante demócrata, al igual que el de la mayoría saliente republicana, les leyeron la cartilla.  Les dijeron “esto es una colonia”.  ¿Quién lo dice? ¡Casi nada, el mismo que dijo lo contrario en el ‘52 con el engaño del ELA!.  El coautor del crimen del ‘52 se convirtió en testigo del pueblo.  Y no solamente dijeron que el ELA es un territorio o una colonia, sino que cualquier otro subterfugio colonial no cabe en la constitución americana.  En la constitución americana caben estados y territorios.  Si usted quiere optar por la independencia, pues la independencia.  Sus amos les dijeron lo mismo que nosotros les hemos venido diciendo desde el establecimiento del mal llamado estado libre asociado.  Y el líder colonialista presente en las vistas del Senado les decía “Pero, ¿por qué siguen considerando la estadidad si ustedes saben que, como dice Rubén, eso es imposible y ustedes no lo van a aceptar nunca?”  Y el líder estadista decía:  “Pero esto está en bancarrota, la colonia no sirve”.  Y yo le dije entonces al presidente del comité “Señor presidente, yo creo que yo no debo seguir hablando, porque estos señores son mis mejores testigos; si el ELA no sirve y la estadidad es imposible, ¿por qué no nos ponemos a hablar de la transición hacia la independencia?”  Ese fue el resumen de la vista pública. 

Yo venía de Washington sonriente.  Y cuando llego aquí a Panamá y veo a nuestra América resurrecta, con el espíritu de San Martín y de Bolívar y de O’Higgins, y de Juarez y de Duarte y de Martí, de Pedro Albizu Campos y de Gilberto Concepción de Gracia, digo: “¡Esto está al caer!”  Está al caer.  Es cuestión de tiempo y circunstancia.  Hemos estado pronosticando este momento por veinticinco años.  Teníamos los mapas correctos y lo hemos probado.

Pero todavía no se veía la tierra.  Y de momento, como decía el poeta Juan Ramón Jiménez: “Las cosas están echadas; más de pronto, se levantan y en procesión alumbrada, se entran cantando en mi alma”.  Y sucedió así.  Una mañana, después de los esfuerzos de tantos mártires y patriotas, despertamos ¡y ahí está la tierra prometida!

Eso es lo que estamos celebrando hoy con júbilo y por eso este hijo agradecido viene aquí esta noche ante todo a dar testimonio y a darle las gracias a ese héroe, a ese mártir, a ese santo civil que fue don Gilberto Concepción de Gracia.  Como él decía: “¡A la lucha y a la victoria!” “¡Que viva Puerto Rico libre!”

 

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